Soy Andrés Rubio Rivera, y mi trabajo consiste en ponerle números a lo que normalmente se queda en intuición
Hay personas que creen que la investigación empieza cuando uno abre un software estadístico. Para mí empieza mucho antes: en la forma en que nombramos un fenómeno, en cómo lo medimos, en qué dejamos fuera sin darnos cuenta. Yo no me enamoré de los datos por estética; me enamoré de los datos porque, bien usados, te obligan a ser honesto. Te impiden sostener un relato si ese relato no resiste.
Me muevo entre psicología, salud mental, psicopatología y gestión —y lo hago con un hilo conductor que no cambia: entender cómo se comporta la gente en contextos reales, cómo se construye el bienestar (o cómo se erosiona), y cómo ciertos entornos —sociales, digitales, institucionales— pueden amplificar vulnerabilidades.
Mi perfil académico aparece asociado a Universidad Andrés Bello (UNAB), con correo verificado, producción y citación visibles en Google Scholar. También tengo presencia en plataformas como ResearchGate, y un perfil profesional en LinkedIn donde se resume una parte más “biográfica” de mi trayectoria formativa.
Mis credenciales no son el centro; el centro es el método
Soy doctor en Psicología y trabajo en un entorno académico donde la presión por “opinar” sobre temas públicos es constante. Pero yo no me siento cómodo con el comentario sin base. Me interesa más lo que se puede sostener: instrumentos, validez, consistencia, replicabilidad, comparación entre grupos. Por eso, buena parte de mi trabajo se entiende mejor si lo miras como un kit de herramientas:
- adaptar y validar escalas (cuando cambia el idioma, el país o la población, cambia el significado),
- modelar relaciones entre variables sin convertir correlaciones en cuentos,
- medir bienestar con cuidado (porque “bienestar” es una palabra fácil y un objeto difícil),
- llevar resultados hacia decisiones reales (sin convertir la ciencia en propaganda).
| Periodo | Institución | Lugar | Rol / referencia pública | Enlace |
|---|---|---|---|---|
| — | Universidad Andrés Bello (UNAB) | Chile | Académico / Investigador (registro institucional) | UNAB |
| — | ANID – Portal de Investigadores | Chile | Experiencia académica (según ficha pública) | ANID |
| — | Perfiles académicos (producción / citas) | Público | Afiliación UNAB con correo verificado | Scholar · ResearchGate |
| — | Perfil profesional | Público | Resumen formativo y trayectoria (según LinkedIn) |
Lo que persigo cuando estudio bienestar: no “felicidad”, sino estructura
El bienestar subjetivo suena a algo blando hasta que lo ves funcionar en el mundo real. Cuando baja, la gente no solo “se siente peor”: cambia su tolerancia al estrés, su percepción de control, su relación con el futuro, sus hábitos de sueño, su irritabilidad, su impulsividad, su forma de socializar. Y cuando esos cambios se concentran en ciertos grupos o momentos históricos, el bienestar deja de ser “sentimiento” y se vuelve indicador social.
Por eso me interesa trabajar con medidas robustas: índices que permitan comparar, ver patrones, detectar invariancias, comprender diferencias por edad, género, condiciones de vida. Ese tipo de trabajo se conecta con la salud mental, con la adolescencia, con la educación, con migración, con gestión… porque el bienestar atraviesa todo.
Por qué el gambling me importa: es una tecnología emocional disfrazada de entretenimiento
Yo no veo el gambling solo como una actividad. Lo veo como una arquitectura de decisión. Una secuencia que administra emoción con precisión:
- anticipación
- tensión
- resolución
- recompensa (o “casi recompensa”)
- repetición
En el gambling digital ese circuito se vuelve portátil, rápido y constante. Y ahí aparece lo que más me interesa: el punto en el que el juego deja de ser ocio y empieza a funcionar como regulación emocional.
Mucha gente juega sin desarrollar problemas, y eso es importante decirlo. Pero en una fracción de usuarios —por estrés, vulnerabilidad previa, impulsividad, dificultad para tolerar incertidumbre, presión económica, soledad, comorbilidades— ese circuito se convierte en estrategia para anestesiar o escapar. El juego no se usa “para ganar”; se usa para cambiar el estado interno.
Y cuando una práctica sirve como regulador emocional, tiene un riesgo: el cerebro aprende el camino corto.
El estudio que me conecta directamente con esta discusión pública
En 2024, participé como coautor en un trabajo publicado en Scientific Reports que examinó la relación entre problem gambling y bienestar subjetivo en una muestra representativa de Santiago de Chile.
Lo relevante aquí, para mí, es el enfoque: salir del cliché, mirar población general, utilizar instrumentos estandarizados (por ejemplo, NODS para screening de problemas de juego y un índice de bienestar personal), y preguntarse con sobriedad qué se mueve y qué no se mueve.
No porque un estudio “cierre” un tema, sino porque abre la conversación correcta: cómo se distribuye el riesgo, en qué puntos se intensifica, qué relación guarda con bienestar, y qué significa todo eso en términos de prevención real.
| Año | Trabajo | Tema | Enlace |
|---|---|---|---|
| 2024 | Problem gambling and subjective well-being: results of a study with a representative sample in Santiago (Chile) | Gambling / bienestar / población general | Artículo · UNAB · PubMed |
| — | Perfil de publicaciones y citaciones | Producción / métricas | Google Scholar · ResearchGate |
Gambling, de verdad: el camino no es “prohibir” ni “romantizar”, es entender el mecanismo
Cuando trabajo este tema, siempre vuelvo a una idea básica: comprender no es justificar. Y regular no es censurar. Comprender significa mapear el mecanismo con precisión. Regular significa reducir daño sin caer en paternalismo ciego.
Lo primero que intento explicar —sobre todo a quienes no miran este campo desde psicología— es que el “problema” casi nunca aparece de golpe. Suele presentarse como microcambios:
- más frecuencia, pero con la ilusión de control (“solo un rato”),
- apuestas un poco mayores después de estrés (“me lo merezco”, “necesito despejarme”),
- aparición del “casi gano” como combustible psicológico,
- un desplazamiento del objetivo: ya no es jugar, es sostener la emoción.
Ese desplazamiento es clave. Porque en el momento en que el gambling se vuelve regulador emocional, el cerebro deja de buscar el resultado externo y empieza a buscar el efecto interno.
La ilusión de control y la narrativa del “casi”
A nivel cognitivo, el gambling explota dos cosas muy humanas: la necesidad de control y la sensibilidad al “casi”. El “casi” es especialmente perverso en términos psicológicos: no se vive como fracaso completo, se vive como promesa. Y las promesas son adictivas en el sentido más cotidiano del término: enganchan atención, secuestran imaginación, estiran el tiempo.
En entornos digitales, además, el “casi” se administra con diseño: notificaciones, colores, sonidos, rachas, recompensas variables. No hace falta conspiración: basta con el incentivo natural de un producto que busca retención.
Bienestar subjetivo y vulnerabilidad: la conexión que no se debe banalizar
Si el bienestar subjetivo cae —por precariedad, soledad, estrés sostenido, síntomas ansiosos o depresivos— aumenta la probabilidad de que ciertas conductas funcionen como anestesia: consumo, pantallas, apuestas. Eso no implica determinismo, pero sí aumenta riesgo.
Por eso, cuando observamos asociaciones entre problem gambling y menor bienestar, mi lectura no es “la gente juega porque es débil”. Mi lectura es: hay personas en ciertos contextos para quienes el gambling cumple una función de regulación emocional, y esa función se vuelve peligrosa cuando el entorno ofrece accesibilidad total y fricción cero.
La normalización cultural
Otro punto que me importa: el gambling no vive aislado, vive en cultura. Si la publicidad se integra al deporte, si la apuesta se presenta como extensión natural del entretenimiento, si se banaliza el riesgo, el umbral psicológico baja. La práctica se vuelve “normal”, y lo normal se vuelve invisible. Esa invisibilidad es el terreno perfecto para el daño silencioso.
Lo que yo buscaría medir si tuviera que diseñar prevención de verdad
Si tuviera que traducir mi enfoque a una lista práctica, diría que lo importante no es el eslogan, sino los indicadores y la arquitectura:
- frecuencia y escalamiento (no solo “si juega”, sino cómo evoluciona),
- función emocional del juego (¿ocio o regulación?),
- impacto en áreas de vida (relaciones, sueño, rendimiento, finanzas, salud mental),
- exposición a publicidad y gatillantes (deportes, notificaciones, redes),
- fricción del entorno (límites, pausas, autoexclusión, transparencia),
- acceso real a ayuda (no enlaces simbólicos, sino rutas concretas).
La prevención seria no se construye con moral. Se construye con estructura.
Cierro con lo más importante: mi posición sobre gambling es incómoda, y por eso sirve
Si me obligas a resumir mi postura, diría esto: el gambling no se entiende bien si lo reduces a “vicio” o a “libertad individual”. Se entiende cuando lo ves como una interacción entre:
- arquitectura digital (velocidad, accesibilidad, estímulos),
- vulnerabilidad psicológica (estrés, impulsividad, malestar),
- normalización cultural (publicidad, deporte, redes),
- y bienestar subjetivo como suelo (o como grieta).
Ahí es donde mi trabajo se vuelve útil: en describir el mecanismo sin moralizar, en medirlo sin simplificarlo, y en empujar la conversación hacia lo único que realmente importa si queremos reducir daño: diseñar entornos más responsables y rutas de ayuda que funcionen de verdad.
Hay otra capa del gambling que rara vez se discute con honestidad: el tiempo. No solo el tiempo “gastado” en una plataforma, sino el tiempo mental. La porción de atención que se queda atrapada en la anticipación, en la revisión de cuotas, en el cálculo de “si hubiera apostado…”, en la fantasía de recuperación. Ese tiempo mental tiene un costo directo sobre el bienestar: reduce descanso real, empobrece la concentración, aumenta la irritabilidad y, sobre todo, instala una sensación de vida en pausa, como si lo importante estuviera siempre a un clic de distancia.
Por eso, cuando hablo de riesgo, no me quedo en el indicador financiero. El dinero importa, por supuesto. Pero a nivel psicológico el daño suele aparecer antes como desgaste invisible: pérdida de sueño, tensión familiar, aislamiento, autoengaño, micro-mentiras (“no fue tanto”, “la próxima lo arreglo”), y una progresiva dependencia de la estimulación rápida. En ese punto el gambling deja de ser una práctica y se convierte en un organizador del día: estructura horarios, estados de ánimo y, a veces, la forma en que la persona se relaciona con los demás.
También me interesa el componente social: el gambling digital es individual en el gesto, pero social en su entorno. Está atravesado por comunidades, conversaciones, memes, “tips”, grupos de apuestas, influencers, y una narrativa de competencia constante. Es fácil pensar que “si todo el mundo lo hace, entonces no puede ser tan grave”. Ese es el mecanismo de normalización cultural. Y esa normalización es peligrosa porque reduce fricción moral y cognitiva: lo que antes se evaluaba con cuidado pasa a ser automático.
Si tuviera que señalar un punto crítico, sería este: el momento en que el juego deja de ser ocio y empieza a cumplir la función de regulación emocional primaria. Cuando el gambling se usa para calmar ansiedad, para apagar tristeza, para escapar de la soledad, para sentir control en un contexto donde no lo hay, estamos frente a un cambio cualitativo. Y ese cambio no se detecta bien con preguntas superficiales. Por eso las mediciones y los instrumentos son tan importantes: no para etiquetar, sino para identificar transiciones.
A nivel de prevención, hay medidas que suenan pequeñas pero son estructurales. Por ejemplo: introducir pausas obligatorias, reducir la velocidad de repetición, limitar notificaciones, transparentar pérdidas acumuladas, obligar a límites predefinidos, facilitar autoexclusión real y no burocrática, y asegurar que la ayuda no sea solo un enlace perdido en un pie de página. Si no tocamos la arquitectura, solo estamos pidiendo al individuo que compita con un sistema diseñado para retener atención. Esa competencia suele ser injusta.
Y cierro con algo que para mí es una regla: cuando una conducta se vuelve masiva y está mediada por diseño digital, ya no se puede tratar como un simple asunto de “responsabilidad individual”. La responsabilidad existe, sí, pero está distribuida. Si mi investigación logra aportar algo, quiero que sea esto: que entendamos el gambling no como un escándalo moral, sino como un fenómeno medible, prevenible y, en muchos casos, evitable si dejamos de mirar solo al individuo y empezamos a mirar el sistema completo.


